Habitar una vivienda tipo estudio: Perspectivas desde su interior.
Este artículo se basa en tres entrevistas realizadas a propietarios de unidades tipo estudio en una torre de vivienda ubicada en el centro-norte de Quito, en la zona de la avenida República del Salvador. A través de sus experiencias se revela cómo se desarrolla la vida cotidiana en espacios reducidos, y cómo surge una relación compleja entre la intimidad del hogar y el entorno urbano que lo rodea.
Abigaíl y la comodidad de lo compacto:
En el cuarto piso, Abigaíl, de 24 años, comparte un monoambiente de 27 m² con su novio y sus dos gatos. Su día a día transcurre entre la proximidad y la sencillez. “Nos despertamos justo antes de las reuniones en línea y desayunamos en la misma mesa de teletrabajo”, cuenta entre risas. La funcionalidad del espacio les permite terminar las tareas domésticas en minutos: “Como no hay mucho que limpiar, hacemos los quehaceres en tiempo récord”.
Aunque su hogar es pequeño, Abigaíl aprecia esa “estrechez” que le ofrece todo al alcance de la mano. Sin embargo, su entusiasmo se diluye cuando habla del edificio: de los ocho departamentos de su piso, solo dos están habitados de forma permanente. Según cuenta, cerca del 80% de los residentes son temporales. Los vecinos cambian cada semana; muchos estudios se usan como bodegas, alojamientos o espacios de descanso fugaz. De jueves a sábado, algunos incluso se transforman en lugares de fiesta.
Por esa razón, ella y su pareja decidieron instalar una cámara de seguridad junto a la puerta para vigilar el corredor a altas horas de la madrugada, ante la llegada de personas ebrias o bajo el efecto de sustancias. Los pocos encuentros con los demás habitantes se dan en las salas de coworking o en el lobby, pero la sensación de comunidad es mínima. “Como somos pocos, nos conocemos entre todos… pero de ahí no pasa”, resume Abigaíl, con una mezcla de resignación y nostalgia.
Pablo y la inversión de un estudio:
En el sexto piso, Pablo, director ejecutivo de una empresa de seguridad, decidió alquilar su estudio por medio de Airbnb. “Soy dueño de un departamento aquí, pero vivo en Cumbayá con mi familia. Vivir en este espacio sería imposible, no hay lugar suficiente para los tres”, comenta. Su estudio, admite, funciona más como inversión que como hogar.
Según las cifras que maneja, la mayoría de sus huéspedes son jóvenes de entre 25 y 35 años. Sin embargo, la alta rotación ha diluido cualquier posibilidad de comunidad dentro del edificio. “No me gusta, porque a veces me da la sensación de que esto es un motel de paso”, confesó Pablo, quien reconoce que la convivencia permanente resulta difícil: la seguridad, la confianza y la conexión con los demás residentes se desvanecen con cada nuevo inquilino.
Marcelo y el punto de descanso:
Marcelo, sociólogo de 48 años, es propietario de un estudio en el piso 18, que utiliza como punto de descanso ocasional. Comparte la misma frustración que Pablo: resulta casi imposible generar vínculos reales dentro del edificio. Solo pasa allí los fines de semana y, aunque aprecia la comodidad del lugar, reconoce sus límites. “El espacio es muy pequeño y no me siento cómodo con los inquilinos rotativos”, comenta.
Aun así, valora su cercanía con el parque La Carolina, al que llega fácilmente en bicicleta, una de las que guarda en el edificio. Pero al salir, el paisaje humano cambia: “no se siente esa vecindad, esa cercanía con los vecinos”, explica. Como muchos de sus compañeros de torre, reconoce el privilegio de la ubicación, pero también la falta de pertenencia. “Para mí no es un hogar, es algo funcional, utilitario”, reflexiona, dejando entrever una sensación compartida entre quienes habitan —o simplemente ocupan— estos espacios.
Reflexiones sobre el habitar en espacios reducidos
Las entrevistas revelan una narrativa común: habitar una vivienda estudio en Quito significa vivir entre la comodidad de lo práctico y la ausencia de comunidad. Aunque estos espacios ofrecen cercanía a los puntos neurálgicos de la ciudad y una eficiencia difícil de igualar, también exponen un vacío muy profundo: la falta de vínculos y de arraigo. La convivencia efímera y el carácter funcional de estos espacios muestran que, más que lugares para vivir, muchos estudios se han convertido en refugios transitorios, donde el habitar se reduce al uso y el hogar se disuelve en lo pasajero.
Cuestionamientos para la reflexión
¿Puede construirse una comunidad en proyectos donde nadie permanece? ¿Qué transforma un espacio de pocos metros cuadrados en un hogar y no solo en un bien de mercado? ¿Hasta qué punto la búsqueda de eficiencia —del “todo en uno”— está redefiniendo la manera en que vivimos?
Estas preguntas no buscan respuestas inmediatas, sino abrir una mirada más profunda sobre cómo estamos habitando la ciudad y sus espacios. Las voces de Abigaíl, Pablo y Marcelo reflejan una misma tensión: vivir cerca de todo, pero cada vez más lejos del otro. Tal vez el verdadero desafío de Quito no sea seguir elevándose en altura, sino elevar la idea misma de habitar, para que el hogar vuelva a ser un espacio de vínculo y no solo de uso.