De los Waru-Waru a los Apart-Studio para Humanos. Reflexiones sobre la transformación del Paisaje Cultural en La Carolina, Quito.
El lugar



Una silenciosa mañana de domingo, a finales de 2025, observo la gran variedad de nuevos edificios de apartamentos y oficinas en las calles del extremo sur del parque La Carolina. Noto también que algunas casas familiares, construidas entre las décadas de 1950 y 1970, aún se mantienen en pie, resistiendo el boom inmobiliario, aunque muchos propietarios sucumben a diario, poniendo en venta sus propiedades y condenandolos a su desaparición física y al olvido.

Durante la caminata, el rótulo de un nuevo proyecto inmobiliario llama mi atención. Este, instalado en la terraza de una edificación de tres pisos, muestra en primer plano la imagen —creada con IA— de un perro con gafas circulares, junto al anuncio de construcción de nuevas “Human Friendly Suites and Studio Apartments”. Inmediatamente me pregunto: ¿qué significado tiene este espacio definido como “amigable” para los humanos?

Para la antropología, el paisaje cultural es el lugar físico y simbólico en donde se realizan acciones humanas, resultado de actividades económicas, religiosas o de tinte político. Este concepto está asociado a los conceptos de paisaje social, espacio y hábito explicados por Pierre Bourdieu, para quien el espacio social es construido de tal modo que los grupos se distribuyen en él según dos principios: el capital económico y el capital cultural. El lugar ocupado en ese espacio dirige las representaciones y las tomas de posición en las luchas para conservarlo o transformarlo (Bourdieu, 2008). Por otro lado, para el arqueólogo Tim Ingold, el paisaje social se crea y se recrea permanentemente por parte de las personas que habitan un entorno geográfico específico; es el lugar físico y el espacio simbólico creados por quienes moran un espacio (Ingold, 2010).

Es entonces cuando surgen más preguntas: ¿cómo era el paisaje cultural para los habitantes del sector La Carolina hace 1000, 500 o 100 años? Desde la arqueología, pensamos el pasado de forma cronológica. Queremos asignarle un lugar dentro de una línea de tiempo a las actividades humanas ocurridas en entornos geográficos específicos. Los paisajes culturales del pasado pueden interpretarse a partir de la evidencia preservada. Las montañas que rodean a Quito no han cambiado, pero ahora estoy rodeado de decenas de edificios, calles parchadas, autos, ruidosas carreras de motocicletas y buses, y pocas personas en las calles.

Inmediatamente empiezo a pensar en esta línea de tiempo imaginaria. Muy pocas investigaciones arqueológicas se han realizado en este sector; sin embargo, la evidencia más antigua de presencia humana se remonta a 1.500 años antes de Cristo, cuando las personas forman pequeñas aldeas emplazadas junto a una laguna ya extinta. Estas personas, atraídas por la fertilidad del suelo, empiezan a poblar permanentemente el sector, viviendo en comunidades formadas por estructuras circulares de un solo ambiente, conocidas como “bohíos”. A lo largo de los siglos, desarrollan un sistema agrícola bastante útil y productivo, conocido como camellones o waru-waru, que son campos elevados artificiales construidos para maximizar y expandir la productividad agrícola. El paisaje cultural del sector, asociado a la agricultura y al pastoreo, se mantuvo hasta entrado el siglo XX, cuando empiezan a formarse las primeras urbanizaciones y a construirse villas en lotes privados. Pero es a partir de la década de 1970 cuando la modernización de la ciudad hace que instituciones financieras y estatales empiezan la construcción de edificios para oficinas, apartamentos y centros comerciales en los alrededores del recién creado parque La Carolina, dando nacimiento a la actual concepción del paisaje como hipercentro financiero de la ciudad.

La gentrificación es la manipulación de los conceptos de poco desarrollo, inseguridad o decadencia para crear incentivos a la construcción y adquisición de bienes inmuebles, justificando el desplazamiento de habitantes en procesos de regeneración, limpieza o protección, lo cual, en muchos casos, afecta a los significados previos de los paisajes culturales (Casgrain & Janoschka, 2013). A inicios de los 2000, la “huida” de habitantes del hipercentro de Quito a los valles cercanos provoca que los conceptos de comunidad y barrio se resquebrajan y se considere a La Carolina como un sector en potencial abandono. Este contexto fue aprovechado por constructores, que ofrecieron una nueva exclusividad basada en la independencia, el acceso y el entretenimiento. Esto, evidentemente, brinda beneficios financieros para la industria inmobiliaria, pero no permite una cohesión social fuerte, antes existente. Durante esta última década, la vida de barrio se ha quebrantado aceleradamente en favor de una vida urbana individual e independiente en espacios reducidos, junto con el florecimiento de la ocupación temporal de los predios.

Los cambios en el uso del suelo en La Carolina son un claro ejemplo de cómo los conceptos de paisaje cultural se modifican rápidamente, en relación con las actividades e intereses económicos, sociales y políticos en las ciudades modernas. Aquí las haciendas reemplazaron a las tierras comunitarias; las villas vacacionales, a las parcelas agrícolas; los edificios, a las villas; y, actualmente, los apartamentos minimalistas son más valorados que las casas unifamiliares con espacios verdes. Además, las carreras de pilotos frustrados de Fórmula 1, conduciendo buses de transporte urbano, autos de lujo y motocicletas, reemplazaron a los agricultores y a las carretas y camiones que transportaban alimentos. Seguramente, muy pocos de los habitantes, ocupantes y visitantes de este sector lo relacionan con lo que fue durante muchos siglos: un espacio de producción agrícola asociado a la vida rural.

La gentrificación actual de La Carolina no solo sigue carcomiendo los conceptos de comunidad y barrio, sino que ha provocado que se pierdan, tal vez para siempre, técnicas agrícolas ancestrales, estilos de arquitectura y construcción locales, y espacios para la interacción familiar. Queda entonces la pregunta: ¿por qué las ciudades siguen desperdiciando sus espacios comunitarios, agrícolas y productivos en favor de minúsculos espacios individuales llamados “Human Friendly Studio Apartments”?

Referencias:

- Bourdieu, P. (with Jiménez, I.). (2008). Capital cultural, escuela y espacio social (2o ed.). Siglo XXI.

- Casgrain, A., & Janoschka, M. (2013). Gentrificación y resistencia en las ciudades latinoamericanas: El ejemplo de Santiago de Chile. Andamios, 10(22), 19–44.

-Ingold, T. (2010). The Temporality of Landscape. In R. W. Preucel & S. A. Mrozowski, (Eds.), Contemporary Archaeology in Theory (Second, pp. 59–76). Wiley-Blackwell.



Fernando Astudillo Cueva

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