Hay una norma implícita que rige gran parte de la arquitectura contemporánea: NO TOCAR.
No tocar los edificios, no dejarse tocar por ellos. Mirar, fotografiar, publicar. Recorrer sin dejar rastro, habitar sin haber sentido. Como si la arquitectura fuera una vitrina perfectamente iluminada donde todo está dispuesto para ser visto, pero no experimentado.
En algún punto, nuestra disciplina empezó a confundirse con sus propias formas de representación, convirtiéndose en un lenguaje aislado y autorreferencial (Tafuri, 1997).
Se proyecta únicamente para la foto, no para el cuerpo. Para la validación de otros arquitectos, no para la vida. Y así, poco a poco, la arquitectura se ha ido volviendo intocable, distante, impenetrable, ajena al cuerpo. Un escenario donde la vida no ocurre, apenas se representa, sin emoción.
Esta condición ha sido ampliamente discutida desde distintas aproximaciones críticas a la cultura y a la arquitectura contemporánea. Guy Debord (1995) advertía ya una sociedad dominada por el espectáculo, donde la experiencia vivida es reemplazada progresivamente por su representación. En diálogo con ello, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (2015) plantean que la contemporaneidad se encuentra atravesada por una lógica de estetización generalizada, donde la imagen y el consumo visual terminan por desplazar la experiencia profunda de las cosas. La arquitectura no queda exenta de esta condición, muchas veces se proyecta para circular como imagen antes que paraser habitada desde el cuerpo.
Desde la arquitectura, Juhani Pallasmaa (2014) señala que gran parte de la producción contemporánea ha privilegiado la experiencia visual por encima de la experiencia multisensorial, relegando el tacto, la percepción sensible y la experiencia corporal del espacio. A esto se suma la reflexión de Richard Sennett (1997), quien advierte cómo la vida contemporánea ha debilitado progresivamente la experiencia corporal y el contacto en el espacio público. La arquitectura deja entonces de experimentarse para convertirse únicamente en representación.
El espacio existe en la medida en que el cuerpo lo habita, no es ajeno, organiza, condiciona, provoca comportamientos, evoca emociones, traza distancias y hace posibles, o imposibles, los encuentros y las ausencias. Como plantea la lectura foucaultiana, no se trata de un vacío neutral, sino de un campo atravesado por relaciones de poder (García Canal, 2006). Incluso en su dimensión cotidiana, regula la proximidad, el contacto y la interacción entre los cuerpos (Hall, 2003).
La arquitectura, a través de su composición, de su relación con la luz, de sus proporciones, de sus ritmos, de sus formas, construye maneras de apropiarse de los lugares.
Sin embargo, muchas veces el diseño se plantea como si esta relación fuera secundaria, como si habitar fuera una derivación y no el corazón mismo del proyecto. Cuando, en realidad, como plantea Heidegger, no construimos para luego vivir, sino que construimos porque ya existe en nosotros una necesidad de estar, de permanecer, de dar forma y sentido a ese vivir (Heidegger, 1951).
Volver a una arquitectura sensible no es un gesto romántico. Es, más bien, una toma de posición que hoy incomoda, porque reinstala el cuerpo, el tacto, lo impredecible, la cercanía y la emoción como dimensiones centrales de la arquitectura, devolviéndonos a una condición esencial de sentir el mundo para poder explicarlo desde lo racional. Es volver a nuestra esencia animal y también humana.
Implica reconocer que la experiencia espacial no se limita a la forma, sino que se configura en la memoria, en la percepción y en la atmósfera (Zumthor, 2006). La arquitectura no se agota en el objeto ni en su función. La arquitectura encuentra su sentido en la experiencia vivida, en ese uso cotidiano o extraordinario que atraviesa la vida (Mandoki, 2006).
Implica, en otras palabras, perder el control. Permitirnos perder el control.
Quizás por eso resulta más fácil seguir produciendo objetos impecables que nadie puede tocar. Porque tocar implica desgaste, apropiación, conflicto. Implica que la arquitectura deje de pertenecerle exclusivamente a quien la diseñó.
A lo largo de la historia, los pabellones han sido el espacio donde esta tensión se vuelve explícita. Desde las utopías espaciales que proyectaban otras formas de vida (Mumford, 2013) hasta las experimentaciones modernas que integraron espacio, tiempo y experiencia (Giedion, 2009), han funcionado como dispositivos donde la arquitectura ensaya y declara sus posicionamientos.
No son inocentes ni inofensivos, son posturas materiales, manifiestos tangibles. Pero algo cambia cuando esos pabellones dejan de ser objetos de exhibición y se insertan en la ciudad, cuando ya no están ahí solo para ser contemplados sino para ser tocados, cuando dejan de protegerse del contacto inesperado e incierto y, por el contrario, lo provocan.
En ese momento, la arquitectura se vuelve relato. No como metáfora, sino como una forma de organizar experiencias en el tiempo, de articular secuencias, recorridos y memorias que le dan sentido a la vida (Ricoeur, 2003).
En Quito, esta condición se hace explícita. En un contexto dominado por la producción de imágenes, el diseño y la construcción de pabellones en nueve espacios públicos, el Colegio de Arquitectos de Pichincha, en el contexto de su XXV Bienal de Arquitectura de Quito, desplaza el énfasis hacia la experiencia situada, activando formas de relación que reconfiguran el vínculo entre la ciudad, el cuerpo, el espacio y su apropiación. Volver a lo cercano, a aquello que el cuerpo reconoce como propio y el espíritu reclama como algo necesario.
Es precisamente desde esa búsqueda que, distribuidos estratégicamente en espacios públicos del Centro Histórico y del centro norte de Quito, los nueve pabellones buscan funcionar como un sistema urbano de activación temporal del espacio público. Su propósito no es únicamente albergar actividades de la Bienal, sino demostrar la capacidad de la arquitectura para producir encuentro, apropiación, aprendizaje, juego, permanencia y nuevas formas de relación entre ciudadanía y ciudad. Estas intervenciones buscan reforzar el rol de la arquitectura haciendo buena ciudad, entendiendo, como plantea Aldo Rossi (1966), que la arquitectura participa activamente en la construcción de la ciudad y de su memoria social, evidenciando que incluso desde escalas pequeñas y temporales la arquitectura tiene la capacidad de transformar la experiencia urbana y activar vínculos entre ciudadanos. Desde la experiencia corporal, la participación y la mirada de las infancias, los pabellones desplazan la arquitectura desde el objeto contemplativo hacia una condición viva, abierta y común. Tal vez, entonces, el problema no es que la sociedad contemporánea no valore la arquitectura.
Tal vez el problema es que la arquitectura dejó de ser entendida desde el cuerpo y desde la experiencia, y en ese desplazamiento se alejó de la vida misma. Es un objeto muerto.
PROHIBIDO NO TOCAR. El diseño y la construcción de pabellones en la ciudad de Quito como un acto de fe, como una forma de devolver a la arquitectura su capacidad de ser sentida, habitada y apropiada. Una belleza que se contempla, que se vive y que da sentido a la vida. Tal vez también como una forma de recordar, con orgullo, que elegimos ser arquitectos porque estamos convencidos de que la arquitectura tiene la capacidad y la gran responsabilidad de hacer buena ciudad.
Referencias
Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos.
García Canal, M. I. (2006). Espacio y poder: El espacio en la reflexión de Michel Foucault. Universidad Autónoma Metropolitana.
Giedion, S. (2009). Espacio, tiempo y arquitectura. Reverté.
Hall, E. T. (2003). La dimensión oculta. Siglo XXI Editores.
Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar.
Lipovetsky, G., & Serroy, J. (2015). La estetización del mundo: Vivir en la época del capitalismo artístico. Anagrama.
Mandoki, K. (2006). Estética cotidiana y juegos de la cultura: Prosaica I. Siglo XXI Editores.
Mumford, L. (2013). Historia de las utopías. Pepitas de Calabaza.
Pallasmaa, J. (2014). Los ojos de la piel: La arquitectura y los sentidos. Gustavo Gili.
Ricoeur, P. (2003). Arquitectura y narratividad. Arquitectonics, 9.
Rossi, A. (1971). La arquitectura de la ciudad. Gustavo Gili.
Sennett, R. (1997). Carne y piedra: El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Alianza Editorial.
Tafuri, M. (1997). Teorías e historia de la arquitectura. Celeste Ediciones.
Zumthor, P. (2006). Atmósferas. Gustavo Gili.