Memoria descriptiva de la serie: La Ciudad Hueca
El primer ensayo, La ciudad hueca (Parte 1): territorios del abandono en el Quito contemporáneo, cumple deliberadamente un rol diagnóstico e introductorio. Su objetivo principal es identificar los procesos de vaciamiento urbano —social, funcional y simbólico— presentes en sectores como La Mariscal, la Avenida 10 de Agosto y las periferias del Centro Histórico, y plantear la necesidad de revisar los enfoques tradicionales de rehabilitación urbana. Por esta razón, el texto introduce la tecnología y la colaboración comunitaria como preguntas abiertas, más que como soluciones cerradas, con el fin de evitar simplificaciones o propuestas genéricas.
El segundo ensayo, La ciudad hueca (Parte 2): El Hyperblock, una máquina urbana de colaboración, se enfoca en desarrollar el marco conceptual y operativo de esta propuesta. Allí se explica el Hyperblock como una configuración urbana colaborativa, inspirada en las ideas de Alexander Grasser-Parger, y se profundiza en el uso de herramientas contemporáneas como el diseño asistido por computadora y la fabricación digital, entendidas no como soluciones tecnocráticas, sino como instrumentos de coordinación entre actores locales. En este ensayo se clarifica el rol de los participantes —habitantes, talleres, diseñadores, colectivos barriales y pequeñas economías locales— así como los límites y condiciones necesarias para que estos procesos puedan operar en el contexto urbano de Quito.
El tercer ensayo propone avanzar hacia el terreno proyectual mediante un ejercicio hipotético y diagramático. Allí se ensaya cómo esta lógica podría materializarse en casos concretos de la ciudad, identificando posibles nodos de activación, mecanismos de gestión y formas de articulación entre comunidad, tecnología e institucionalidad. En este punto se exploran preguntas clave como: quién puede actuar como articulador del proceso, qué rol podrían asumir los gobiernos locales, y cómo se podrían activar procesos incrementales sin depender exclusivamente de grandes inversiones o proyectos centralizados.En conjunto, la serie de ensayos plantea una reflexión progresiva: del diagnóstico urbano, al marco conceptual, y finalmente a la exploración proyectual. De este modo, las preguntas abiertas del primer texto no quedan sueltas, sino que funcionan como el punto de partida para una discusión más amplia sobre cómo la tecnología, la vida cotidiana y la acción colectiva pueden integrarse en nuevas estrategias de rehabilitación urbana para Quito.
La ciudad hueca (Parte 1): Territorios del abandono en el Quito contemporáneo
Quito no se derrumba: Quito se vacía. Sus calles no se abandonan por falta de infraestructura, sino por exceso de olvido. El deterioro no es un accidente; es la consecuencia de un modelo urbano que dejó de escuchar a quienes habitan los barrios y decidió apostar por actividades que nunca llegaron a sostenerse en el tiempo. Lo que queda es una ciudad fragmentada: llena de edificios, pero pobre en vida.
En La Mariscal, la historia es evidente. Este barrio nació como símbolo de modernidad y sofisticación: un lugar donde las familias buscaban la densidad justa entre vivienda, comercio y cultura. Luego vino la “turistificación” y, con ello, la zona rosa. El barrio olvidó las necesidades de quienes lo construyeron y pasó a enfocarse en las necesidades de quienes lo visitan: los bares en cadena, los hostales de temporada. Los residentes se fueron. Las casas se vaciaron o se desmembraron en cuartos rentados al mejor postor. Con el tiempo, la noche devoró al día. Hoy, en muchas esquinas, solo quedan rótulos apagados, puertas oxidadas y negocios inciertos, que abren cuando pueden o cierran cuando deben.
La avenida 10 de Agosto vive un abandono distinto: un vaciado institucional. Durante décadas fue el eje administrativo del país, un corredor repleto de oficinas públicas, edificios ministeriales y servicios formales. Con cada reubicación de edificios estatales, el eje se fue quedando sin propósito. Los edificios envejecieron sin adaptarse a nuevas funciones. Donde antes entraban miles de trabajadores al día, hoy se levantan fachadas vandalizadas, vidrios empapelados y oficinas en silencio. Las aceras parecen corredores de tránsito, no lugares de encuentro.
La periferia del Centro Histórico presenta un tercer fenómeno: el abandono por saturación turística y por normativas que congelan necesidades contemporáneas. En zonas como La Tola Baja, San Roque o los bordes de San Blas, la población residente se ha reducido, mientras aumentan los locales informales, los predios sin mantenimiento y los edificios en venta perpetua. A unas cuadras de las plazas e iglesias, la ciudad patrimonial se vuelve un escenario invertido: fachada para el visitante, trastienda precaria para el habitante.
Estos tres territorios —La Mariscal, la 10 de Agosto y los bordes del Centro Histórico— son solo algunos de los vacíos de Quito que comparten un mismo problema: la falta de continuidad, evolución y adaptación social. Las políticas urbanas han privilegiado la actividad económica inmediata sobre la vida comunitaria sostenida. Se ha intentado “revitalizar” con museos, negocios, parqueaderos y ferias ocasionales, pero sin preguntarse qué necesita realmente la gente que intenta vivir —o que alguna vez vivió— ahí. Junto a este escenario de deterioro y abandono, resuena la tesis central de Jane Jacobs en The Death and Life of Great American Cities (1961), cuando advertía que la ciudad es una construcción colectiva y que, cuando uno de sus actores se retira, el vacío se expande. Una planificación rígida únicamente crea ciudades frágiles: cuando la actividad que las sostenía desaparece, la estructura misma se vuelve un cascarón al borde del colapso.
En este punto surge una pregunta inevitable: ¿cómo reconstruir un tejido urbano cuando los lazos que lo sostenían se han roto? ¿Puede la tecnología ofrecer algo más que soluciones genéricas? Aunque la mayoría no está familiarizada con las herramientas digitales o con conceptos emergentes, para los arquitectos es importante plantear una idea sencilla: la tecnología no sirve para reemplazar lo humano, sino para potenciar lo que ya existe en los barrios.
Aquí aparece una noción que vale la pena explorar: ¿es posible pensar la ciudad como un sistema donde cada vecino, taller, artesano, estudiante o comerciante puede contribuir a mejorar su entorno inmediato, pieza por pieza? Pensar en una configuración colaborativa urbana; es decir, intervenciones pequeñas, conectadas entre sí, capaces de activar edificios vacíos, reparar estructuras abandonadas, adaptar locales cerrados y reintroducir usos mixtos, sin borrar la historia del lugar. No se trata de “grandes proyectos”, sino de acciones mínimas pero constantes, sostenidas y repetitivas por comunidades diversas, donde la tecnología puede funcionar como un puente entre ellas.
En este punto no se trata aún de proponer respuestas cerradas, sino de abrir un nuevo marco de interpretación. ¿Cómo reconstruir un tejido urbano cuando las infraestructuras que lo sostenían ya no funcionan? ¿Es posible articular a vecinos, oficios y espacios vacíos en un mismo proceso de transformación? Y, sobre todo, ¿qué tipo de herramienta permitiría hacerlo sin caer en las viejas lógicas del gran proyecto o de la intervención aislada?
Bibliografía:
- Jacobs, J. (1961). The death and life of great American cities. Random House.
Imagen 1. Antiguo IESS en la 10 de Agosto y Av Tarqui (Frente al Parque Juan Montalvo)
Imagen 2. Antiguo IESS en la 10 de Agosto y Av Tarqui (Frente al Parque Juan Montalvo)
Imagen 3. Av. 10 de Agosto (Frente a la parada Alameda)
Imagen 4. Casa Guarderas en la Av. 10 de Agosto
Imagen 5. Casa Guarderas en la Av. 10 de Agosto
Imagen 6. Espacios Abandonados en La Mariscal
Imagen 7. Espacios Abandonados en La Mariscal
Imagen 8. Espacios Abandonados en La Mariscal