Ensayo Muchos de los grandes relatos sobre arquitectura suelen ser bastante previsibles. Empiezan, casi sin excepción, con un listado de nombres propios, generalmente de colegas masculinos, asociados a obras reconocidas. Estos relatos se repiten en todos los contextos donde se difunde la disciplina: aulas, libros, revistas, conversaciones entre colegas, congresos y, actualmente, también en las redes sociales. De hecho, cuando empecé a estudiar arquitectura en 2003 hasta hoy, da la impresión de que se repiten los mismos nombres, acompañados de las mismas alabanzas.
Así, incluso cuando cambiamos de geografía o de época, la narrativa parece mantenerse: una historia construida a partir de figuras excepcionales y edificios memorables. En ese recorrido, resulta llamativo que las mujeres o sus aportes y miradas, aparezcan poco. O, mejor dicho, parecen no aparecer.
Durante mucho tiempo hemos asumido esta ausencia como un hecho. No estaban y punto. Pero basta con desviar sutilmente la mirada para que surja la sospecha: ¿y si el problema no fuera la falta de mujeres, sino la forma en que hemos aprendido a mirar la arquitectura?
Porque, si algo me queda claro al moverme entre diferentes ámbitos de la práctica profesional, como el urbanismo, la docencia o la investigación, es que la arquitectura no se reduce a la obra construida. La arquitectura también es enseñanza, gestión pública, escritura, investigación, crítica, etc. En muchos casos, se trata de un trabajo menos visible, más difuso, pero no por ello menos determinante. Y es precisamente en los márgenes del canon disciplinar, donde muchas arquitectas han permanecido históricamente[1]. Vale la pena, sin embargo, que numerosas mujeres también participaron activamente en espacios más visibles dentro de la disciplina, proyectando, enseñando, investigando o colaborando en obras ampliamente reconocidas. Lamentablemente, en muchos casos sus aportes fueron minimizados, compartidos bajo la firma de colegas masculinos o presentados como contribuciones secundarias dentro del relato dominante.
Desde la otra orilla, la disciplina ha mostrado una notable resistencia a reconocer estas “otras formas de ejercicio profesional”. Tal vez porque resultan más difíciles de condensar en una imagen, de firmar con nombre propio o de convertir en un hito. La arquitectura, después de todo, ha cultivado con esmero la figura del “autor”: relatos individuales, trayectorias reconocibles y obras que puedan señalarse. En cambio, todo aquello que desdibuja ese esquema: lo colectivo, lo cotidiano, lo que se construye de forma sostenida y menos visible, tiende a diluirse o a infravalorarse, especialmente en un contexto que privilegia lo inmediato y notorio.
No obstante, la práctica real de la arquitectura ha sido siempre otra cosa. Como bien señalaba Denise Scott Brown, el trabajo es, en esencia, colaborativo: se construye entre muchas manos, muchas decisiones, muchas negociaciones. Lo mismo puede decirse de la producción del conocimiento, la enseñanza, o la gestión del espacio. Sin embargo, esa complejidad rara vez se traduce en el relato disciplinar, que continúa privilegiando la figura del “gran maestro” y su obra como faro (Novas, 2014).
No es casual. Como señaló Muxí (2018), el relato heroico necesita simplificar, borrar las redes e invisibilizar los procesos compartidos. Y en ese borrado, muchas trayectorias quedan fuera del foco. No porque no existan, sino porque no encajan del todo en la narrativa dominante.
En lo personal, el trabajo con archivos ha sido una forma de confrontar esta idea. A primera vista, los documentos parecen neutros: planos urbanos, memorias técnicas… la ciudad reducida a líneas, medidas y decisiones aparentemente objetivas. Pero basta con detenerse un poco para advertir que esos mismos archivos están atravesados por discursos, valores, expectativas. No solo describen la forma de la ciudad, sino que también sugieren cómo debe ser habitada, por quién y bajo qué roles.
Revisar estos materiales hoy implica, inevitablemente, leer entre líneas. Preguntarse qué historias se contaron, y cuáles han quedado fuera. Entender que la producción del espacio no es solo un asunto técnico, sino también cultural y político. Y que, en este proceso, las mujeres no han estado ausentes, sino presentes de maneras específicas, muchas veces condicionadas por los propios marcos desde los que se pensaba la arquitectura. Precisamente porque esos marcos han privilegiado determinadas formas de autoría y reconocimiento, numerosas contribuciones femeninas quedaron asociadas a ámbitos colaborativos, institucionales o académicos que rara vez ocuparon un lugar central en la narrativa disciplinar.
Quizás por ello, insistir únicamente en incorporar mujeres al relato resulta insuficiente. Si las formas dominantes de narrar la arquitectura han privilegiado históricamente la figura del autor individual o la obra excepcional, el problema no radica únicamente en quienes aparecen en la lista, sino los criterios mediante esta fue construida. No se trata solo de sumar más nombres a una lista, sino de cuestionar la narrativa misma que ha otorgado visibilidad a ciertas trayectorias mientras relegaba otras formas de práctica. Para ello, es necesario desplazar la mirada del objeto al proceso, del autor al colectivo, de la obra a las múltiples formas que sostienen la disciplina.
Tal vez entonces la historia de la arquitectura deje de parecerse a un catálogo de “grandes autores y obras” y empiece a leerse como lo que siempre ha sido: un campo amplio, diverso, lleno de contribuciones que no siempre adoptan las formas que históricamente hemos reconocido y elogiado. Y quizás descubramos que las mujeres no estaban ausentes. Simplemente, estábamos mirando en la dirección equivocada.
Referencias
Muxí, Zaida. (2018). Mujeres, casas y ciudades: más allá del umbral. En Mujeres, casas y ciudades : más allá del umbral. dpr-barcelona.
Novas, María. (2014). Arquitectura y género. Una reflexión teórica. Rosero, Verónica., & Freire
Silva, María José. (2020). Pioneras de la arquitectura ecuatoriana. Revista Estudos Feministas, 28(3), e71227. https://doi.org/10.1590/1806-9584-2020V28N371227
Rosero, Verónica, Freire Silva, María José, & Llorca, Néstor (2021). Pioneras de la Arquitectura Ecuatoriana.Trama.https://tramaediciones.publica.la/reader/pioneras-de-la-arquitectura-ecuatoriana?location=4
Fotografías
Muchas arquitectas ejercieron profesionalmente su actividad, pero muchas veces la historia ha omitido su presencia, a veces porque dibujaban y diseñaban para la figura “del gran maestro” o porque trabajaron en otras áreas en las que no se consideró que lo que hacían era arquitectura, como el urbanismo, la docencia o la investigación.
[1] Ya se comentó en la investigación Pioneras de la arquitectura ecuatoriana (Rosero et al., 2021; Rosero & Freire Silva, 2020), donde muchos de los aportes de las primeras arquitectas ecuatorianas no se enmarcaron necesariamente en la obra construida.
