El presente ensayo recopila una serie de ideas y referencias que dieron como resultado la producción del largometraje documental Érase una vez en Quito. Las relaciones entre el cine y la ciudad filmada abren distintas líneas de pensamiento y complejidad. La idea de una cartografía cinematográfica implica dos movimientos: generar un registro documental de una ciudad y, al mismo tiempo, crear o imaginar una ciudad a través de la mirada del autor de la película.
Mi película Érase una vez en Quito es un recorrido personal por la ciudad capital, tanto en términos espaciales como en términos de la memoria. Podría definirse como un mapa cinematográfico de los cines que alguna vez existieron, pero es también un mapa afectivo de aquellos testimonios que todavía dan cuenta de sus experiencias relacionadas con los cines de antaño. Aproximadamente ochenta años duró el reinado de los tradicionales “cines-teatro” que entretenían al público quiteño, no solamente en el centro histórico, sino también en el sur de Quito, en el centro-norte y hacia el extremo norte.
Hagamos un recuento de los cines tradicionales que existieron o existen en la ciudad: Cine Bolívar, Cine Variedades, Cine Central (que también fue el Cine Popular y el Cine Rex), el Teatro Sucre (donde se proyectó por primera vez una función cinematográfica en Quito en 1906), Cine Hollywood, Cine Odeón, Cine Ideal, Cine Edén (que luego sería el Cine Metro), Cine Santo Domingo (también conocido como Teatro Vicentino), Cine Don Bosco, Coliseo Julio César Hidalgo, Cine Atahualpa, Cine Avenida 24 de Mayo, Cine Granada, Cine Puerta del Sol, Cine México, Cine Cumandá, Cine Alhambra, Cine Quito, Cine Iñaquito, Cine América, Cine Amazonas, Cine Mariscal, Cine Fénix, la Cinemateca Nacional, Cine 24 de Mayo, Cine Benalcázar, Cine Los Gemelos, Cine Aeropuerto, el Cine Imperio de Cotocollao y el Cine Ocho y Medio. Sin dejar de lado, en el valle de Los Chillos, al Teatro Jacinto Jijón y Caamaño y al Cine del Valle, un pequeño cine de barrio que quedaba cerca de nuestra casa en Capelo.
Mi padre me contó que alguna vez fueron a ver una película a ese cine con mi hermano mayor, en los años ochenta, y que en medio de la función la intensidad de la luz de la pantalla se oscureció drásticamente. De inmediato se escuchó la voz desesperada del operador de la máquina de cine susurrándole a alguien: “¡Anda a decirle a tu mamá que desconecte la plancha!”.
El origen de mi interés por este mundo de los cines de antaño tiene lugar, paradójicamente, en otra ciudad y en otro país. Residí en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, por más de quince años, lugar en el cual formalicé mis estudios de cine en la FUC (Universidad del Cine) y donde también exploré a profundidad esta temática del cine del pasado, así como la figura del proyeccionista de cine. Entre 2011 y 2013 realicé una serie de entrevistas filmadas a varios proyeccionistas de cines e hice tomas de algunos de los cines antiguos de Buenos Aires que dieron como resultado un mediometraje ficcional llamado El fin de la película (seleccionado en el Marché du Film del Festival de Cannes) y un corto documental titulado Apuntes sobre la muerte de un cine (que se presentó en varios festivales internacionales y por el cual obtuve el premio a Mejor Documental en el Festival de Cine de Florencia, Italia). Este último, que en los próximos meses se va a presentar en la American Cinematheque de la ciudad de Los Ángeles, sería el génesis o el átomo iniciador de lo que luego se convertiría en mi largometraje documental sobre los cines de Quito.
Es interesante resaltar cómo dos ciudades tan distintas entre sí —una de ellas construida sobre la pampa mirando hacia el río de La Plata, compuesta por calles que se cruzan a manera de una grilla perfecta, y la otra, una ciudad andina construida a las faldas de un volcán y atravesada por quebradas y ríos— tienen en común un pasado cinéfilo muy potente. Claro está: en la capital porteña una gran mayoría de esos cines todavía funcionan, mientras que en Quito la gran mayoría ha desaparecido para siempre.
Ya de regreso en Ecuador, hacia fines de 2024, comenzó mi investigación sobre este asunto. ¿A dónde o a quién acudir en un principio? Si bien quedaban todavía algunos cines en pie, ya sea funcionando o por lo menos sobreviviendo en sus estructuras, ¿cómo podía averiguar algo sobre los cines que ya habían desaparecido por completo?
Por un lado, era necesario construir una cartografía de los cines a partir de testimonios. Ir de sector en sector buscando gente que hubiera vivido esas épocas y que aportara alguna información al respecto. La memoria oral fue clave para ir recabando datos. Alguna dirección, referencia o anécdota aportaban guías esclarecedoras sobre esos cines desaparecidos. En el centro, mucha gente recordaba la ubicación de algún cine en relación con la ubicación de alguna iglesia colonial. Más hacia el centro-norte, las referencias eran en función de los locales que ahora ocupan esos espacios: “ahí donde está un restaurante o una gasolinera solía estar el cine tal o cual”.
Otra herramienta fundamental serían las hemerotecas, donde se encuentran colecciones infinitas de periódicos antiguos. Allí, como una especie de obituario cinéfilo perfecto para mi investigación, encontraría las carteleras de los cines a través de las décadas. En los ejemplares más antiguos inclusive se aprecia la denominación colonial de “carrera” en lugar de “calle”. Y, con un poco de suerte, uno podía encontrar la dirección exacta de algunos de los cines antiguos, como en el caso del Cine Odeón, ubicado en las carreras Esmeraldas 177 y León, en el barrio de La Tola.
El primer movimiento en ese sentido estaba alcanzado. Se había podido documentar y reconstruir, a través de testimonios y archivos, esa ciudad habitada por cines. Ahora venía el segundo movimiento, relacionado con una visión personal de esa ciudad, en este caso del autor de la película. Ya no es solamente una búsqueda histórica, sino también un comentario alrededor de esas imágenes y de mi propia experiencia relacionada con el tema.
Escribo este ensayo con treinta y siete años de edad y tuve la fortuna de poder experimentar los últimos estertores de aquellos cines a mediados de los noventa, cuando yo era un niño: en el Cine Universitario, Misión Imposible 1; en el Cine Benalcázar, Batman Forever; y en el Cine 24 de Mayo, La Máscara, con Jim Carrey. Cines que ya pertenecían al centro-norte de la ciudad, a la zona más “moderna” en ese entonces.La proliferación de las salas de cine en Quito, a su vez, nos brinda una referencia de la transformación de la ciudad en sí misma y, no solo eso, sino también de la construcción de una nación. Recordemos que el cinematógrafo llegó al Ecuador en el año 1906, llegando primero a Guayaquil. Fue el emprendimiento de un peluquero y buscavidas italiano llamado Carlo Valenti. Después de presentar su cinematógrafo en el Teatro Olmedo, decide llevar su espectáculo a la capital. Pero para ese entonces la línea del ferrocarril que conectaría la sierra con la costa no existía todavía, lo cual obligó a Valenti a subir y atravesar las montañas de los Andes llevando sus equipos en burros y también con la ayuda de los guandos.
Valenti traía el fuego de los dioses a la sociedad quiteña. La primera función cinematográfica en Quito se realizó en el majestuoso Teatro Sucre. Valenti también hizo las primeras filmaciones documentales de la ciudad.
Para emprender mi propia travesía de cine, caminé por las calles de Quito con mi cámara casera en mano. No era solamente un viaje citadino de un espacio a otro, sino también un viaje en el tiempo. Mi mirada a través de la cámara —a través del cine— me permitía transitar en dos dimensiones paralelas: el pasado y el presente. Mi cámara intuía, en medio de los rostros y las figuras de esas calles y de esos lugares, a aquellos que alguna vez estuvieron ahí en lugar de nosotros.
Pero en esa ciudad imaginada, donde conviven los fantasmas del ayer con nosotros —los fantasmas del presente—, también se dibuja una tercera posibilidad, un tercer movimiento: la ciudad utópica, la ciudad del futuro, en donde los cines pueden volver a tener un esplendor y un espacio para el público.
La gente todavía quiere ver una película en pantalla grande. Todavía quiere el pretexto de salir de casa y pasear por la ciudad para ir en familia o con su pareja a ver una película. Nunca faltarán tampoco las almas angustiadas o ansiosas que, en un intento escapista de la realidad, encuentran en la sala oscura y en la pantalla grande un lugar de reposo y de tregua. El cine sigue siendo ese lugar donde la historia ocurre también entre las butacas de los espectadores.
En todas las funciones que se han dado en estos meses de Érase una vez en Quito es conmovedor ver el interés multitudinario que la película genera. El público, luego de cada función, participa activamente y comenta sobre los recuerdos que la misma les evocó, sobre sus experiencias personales relacionadas con los cines de la ciudad. Viajan desde los puntos más extremos de la ciudad solamente para ver el documental. En muchas ocasiones he visto al público hablándole a la pantalla de cine o lanzando algún comentario de humor o ironía entre un espectador y otro, tal cual como sucedía en épocas pasadas, cuando el público se empujaba para entrar a la sala y ocupar su asiento, cuando se respiraba esa euforia y esa ilusión que despertaba aquel acontecimiento cultural que era la función cinematográfica.
Repetidamente, a través de la historia, se ha anunciado el fin del mundo, el fin del amor, el fin de todos los fines… el fin del cine. Pero una corazonada me dice que no hay tal. Como digo en mi documental:
“Érase una vez los cines antiguos, érase una vez… y será de nuevo”.